El glucógeno es un polisacárido muy ramificado: la forma compacta en la que las células almacenan la glucosa, lista para convertirse en ATP cuando hace falta. También está presente en la piel, donde alimenta los procesos de renovación, y su disponibilidad disminuye con la edad.
Lo que utilizamos es fitoglucógeno extraído de una variedad de maíz dulce no modificado genéticamente, químicamente idéntico al de origen animal, pero de origen vegetal, obtenido mediante un proceso con agua. La diferencia respecto a los demás polisacáridos del maíz está en las ramificaciones: la amilopectina se ramifica cada veinte unidades de glucosa, mientras que el fitoglucógeno lo hace cada diez. Es esta densidad la que le da una forma esférica capaz de captar mucha agua sin aumentar la viscosidad de la fórmula.
La lógica es energética, no funcional: no añade una acción, sino que pone a las células en condiciones de llevar a cabo las suyas. En las pruebas del fabricante (Mibelle Biochemistry) sobre fibroblastos en cultivo, la mayor disponibilidad de ATP se tradujo en una producción más elevada de ácido hialurónico y colágeno de tipo I. Son datos de laboratorio del proveedor, no estudios independientes.
En las fórmulas de LeLang está en el sérum solar antimanchas, donde la lógica es aplicar la energía a la defensa: la piel expuesta al sol debe eliminar más moléculas dañadas de lo habitual, y hacerlo cuesta ATP. Funciona especialmente bien junto al ácido hialurónico, con el que se ha medido una sinergia: juntos, a media dosis cada uno, ofrecen mejores resultados que cualquiera de los dos por separado a dosis completa.
Una precisión que conviene hacer: no tiene nada que ver con la glicación, que está relacionada con los azúcares simples circulantes y su unión a las proteínas estructurales. Aquí la glucosa ya está empaquetada y destinada al metabolismo celular, y favorece la barrera cutánea en lugar de comprometerla.